Corea del Norte financia su programa nuclear mediante operaciones cibernéticas sofisticadas
Una red compleja de operaciones digitales permite al régimen de Kim Jong-un generar hasta 800 millones de dólares anuales para financiar su programa nuclear, eludiendo las sanciones internacionales mediante estrategias diseñadas para infiltrar empresas occidentales.
La estructura del sistema de infiltración
Según estimaciones de la división Mandiant de Google citadas por The Wall Street Journal, cientos de empresas estadounidenses han sido infiltradas por especialistas informáticos norcoreanos. El testimonio de Anton Koh, desertor que formó parte de la élite tecnológica al servicio del régimen, revela los mecanismos de esta operación sistemática.
La mayoría de estos agentes informáticos trabajan desde China o Rusia, aprovechando una mejor conexión a internet que dificulta rastrear sus actividades hasta Pyongyang. Utilizan el robo de identidades y "granjas" de computadoras portátiles alojadas por colaboradores estadounidenses para obtener empleos remotos en empresas tecnológicas extranjeras.
Complicidad estadounidense y alcance global
El Departamento de Justicia de Estados Unidos confirmó que cuatro ciudadanos estadounidenses se declararon culpables en 2023 de facilitar que trabajadores informáticos norcoreanos accedieran a más de 136 firmas del país. Estos colaboradores recibían pagos únicos de 500 dólares u honorarios del 30% de los ingresos generados por prestar sus identidades.
Más de 40 países han sido objetivo o intermediario de estos operativos, según reportes del consorcio internacional contra las violaciones de sanciones y organismos como la ONU. Al menos cientos de empresas Fortune 500 han sido infiltradas por estas operaciones.
El testimonio del desertor: disciplina y control absoluto
Koh describe cómo su vida como "programador estrella" comenzó desde la infancia, cuando las autoridades norcoreanas lo canalizaron a una escuela especializada. Tras graduarse de una universidad de élite, fue enviado a China, donde compartía un dormitorio espartano con nueve compatriotas, decorado únicamente con retratos de los Kim.
El seguimiento del rendimiento era estricto. Cada mes, un supervisor entregaba a cada trabajador solo el 10% de sus ganancias; el 90% restante era confiscado directamente por el régimen. La meta individual podía superar los 8.000 dólares mensuales durante la pandemia, cuando el teletrabajo global multiplicó las oportunidades de infiltración.
"Unos pocos trabajadores informáticos pueden financiar un misil", afirma Nam Bada, director del grupo de derechos humanos PSCORE en Seúl, dimensionando el impacto estratégico de estas operaciones.
La pandemia como catalizador
La pandemia de Covid-19 y la expansión del trabajo a distancia ofrecieron un entorno propicio para estas operaciones. El acceso a software avanzado de edición de video y traducción permitió a los norcoreanos perfeccionar currículums en inglés, simular su presencia en territorio estadounidense y ocultar su identidad durante entrevistas laborales en vivo.
Según el experto surcoreano en ciberseguridad Mun Chong-hyun, director del Genians Security Center, "operan online los fines de semana y de noche, generando ingresos que ayudan a mantener el régimen".
Condiciones de vida y control ideológico
Koh describe jornadas de hasta 16 horas diarias frente a computadoras, en condiciones que, aunque duras, ofrecían ciertos lujos inalcanzables para el común de los norcoreanos: suministro eléctrico constante, internet y alimentos variados. Los domingos, si alcanzaban la cuota exigida, podían comprar marcas estadounidenses como Nike o The North Face.
Sin embargo, la vida diaria estaba marcada por el control absoluto. Supervisores instalaban software para monitorear navegación y comunicaciones, y los trabajadores solo podían salir a caminatas breves. Los retornos periódicos a Corea del Norte para sesiones de "reeducación" buscaban renovar la lealtad ideológica tras su exposición al extranjero.
El despertar de la conciencia
El acceso fragmentado a internet llevó a Koh a replantear sus convicciones. Aprovechando momentos de descanso, buscó información sobre Kim Jong-il y halló reportes sobre lujos que contrastaban con las privaciones vividas por la población en la década de 1990. La acumulación de testimonios y datos terminó por erosionar su lealtad al régimen.
Tras desertar y establecerse en Corea del Sur, Koh reflexiona: "Quizás piensen que soy un sucio traidor. Pero tal vez comprendan mi decisión en un plano humano".
Esta revelación expone la sofisticación de las operaciones norcoreanas para eludir sanciones internacionales y financiar su programa nuclear, representando un desafío significativo para la seguridad global y la efectividad de las medidas restrictivas occidentales.